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El chico de las doce
El chico de las doce se llama sombrita,
tienealgodoña
una manzana.
Sobre el manubrio equilibrista infancia de trapos,
circo de diarios inútiles.
Vuelve sin pedalear con infancia de cajas aplastadas.
Camina cada noche doce mil años,
trashumante del infierno
del pasado aterido de quejido en vano,
del futuro cortado al ras por una espada.
Respira en su presente de residuo,
de plato recalentado en el brasero,
de cama compartida con infancias de risa raída.
El chico de las doce se llama
un negrito.
Carga también las culpas del alboroto de los perros,
de la mugre que se cae del camión recolector,
de lo que pueda faltar en cada cuadra.
Apuntan sus pistolas la policía
y las Damas Sensibles a la Causa Fascista,
aunque se reúnan en la Comisión de Seguridad Urbana.
Yo no me explico la estupidez desatada.
No puedo creer, me resisto a creer en la hipocrecía.
No puede ser sino ignorancia maquillada
de asistencialismo templario tanto discurso patriotero.
Porqué no desvelan sus pestañas en parir una fábrica,
en pagarle tres pesos más a la muchacha,
en no evadir impuestos,
en dejar de eructar palabras gastadas en los té a beneficio.
Incluso los negritos no pueden comer palabras.
Si almorzaran palabras vendrían a la casa del poeta.
-Los poetas también dejaríamos de cargar con nuestro ayuno-.
Pasarían por casa como pasan
por las puertas de los que hacen lo que pueden
con sus conciencias
aunque voten después por la asistencia imperialista,
aunque voten por la izquierda desunida,
aunque voten en blanco y se vayan a la casa de la playa.
Si los negritos y los blanquitos
que andan a las once y a las trece y a las dos de la mañana
en la calle
comieran palabras
vendrían a mi casa a la casa de Carbone
golpearían en lo de Boccanera en lo de Mourelle en lo de Madrazo
¡verdaderos festines abecedarios!
Pero el chico de las doce y sus mil sombras repartidas
no comen palabras.
Más bien se comen la vida hasta quedar tan desvividos
que un mal día
o una mala noche
ya no hacen ni bulto en la vereda.
Considero a la fanfarria de los mercachifles de la radio,
a los escribas oportunistas, a los maquillados
agentes de la desmemoria televisada en vivo y en directo
parte responsable de este genocidio.
A la piara de traidores que empleados por el pueblo
expoliaron al pueblo para enriquecer a la corona
como parte responsable de este genocidio.
A sus excelencias templarias que dieron la espalda al reclamo
considero parte responsable de este genocidio.
A los empresarios del botón de la máquina especuladora,
a los productores de desindustrialización desocupante,
a los estatizadores de sus deudas privadas,
parte responsable de este genocidio.
Y en el medio una selecta mayoría de inconscientes colectivos
dispuestos a dar lucha en la cola del mercado
que al son del primer basta se encogieron frente a sus televisores
o debajo de sus camas.
A ellos también considero parte responsable de este genocidio.
El chico de las doce va de calle en calle
con su bicicleta
ajeno a los discursos los planes las negociaciones
lejano de las partidas el invento de la soja el subsidio a las privatizadas
los laboratorios
de planes sociales medicamentos o salidas de emergencias.
Siempre lejano, ajeno,
incrédulo
ignorante
atraviesa los años perdidos en bicicleta
siempre a las doce
a pesar de los cambios de gobierno de siglo de era astrológica.
A veces lleva una infancia roída en el manubrio
y otra infancia hambrienta en el portaequipaje.
Y camina
porque a las cinco de la mañana el asiento sirve para los cartones.
Vuelve caminando como una mole de residuo.
Le tocan bocina desde los coches importados
para que apure el paso,
un negrito
cirujeando
y a esta hora.
Dónde estará el padre de ése
...emborrachándose.
También los poetas somos parte responsable de este genocidio,
por creer que con sólo bonitas, selectas
acomodaditas palabras
resolvíamos el tema de la voz en los salones,
hacíamos tomar altura a faldas y corchos de champagne,
emocionar a los editores para que nos contrataran,
ganarnos un espacio entre los desmemorizadores de los medios,
quedar en las placas de la ciudad natal, en las enciclopedias,
en la memoria de las bibliotecas con busto incluído.
Los poetas hemos dado por mucho y valioso tiempo
la espalda a nuestro pueblo, a la realidad, a la historia
que nos fue arrastrando como una inundación trágica.
Quienes se sientan injustamente involucrados me disculpan.
Ahora cada uno con su lápiz en mano a tachar lo que no corresponda.
Pero siempre resultó obvio que no hay monolito en la plaza
ni bronce en la fachada que valga un niño hambriento.
Y si no he terminado no importa, a vuestros pies éste nadie que se retira.
No he pretendido ofenderlos ni ofenderme
con vuestro perdón y el mío salgo a recibir mi ración diaria
de verdad en bicicleta.
Escucho el roce en la noche
del chico de las doce.
Todavía.
Y no sé qué hacer con él y con mi vida.
gabriel impaglione
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